11 agosto, 2006

La mujer tigre

(Salgo momentaneamente de mi autismo estival para colgar este cuento de Andrés Neuman. El cuento de los cuentos. Para tí, claro...)


Ha olido cómo me acercaba y se ha dado la vuelta. Intento hacerle ver que no estoy interesado en ella, pero siempre he sido un alcornoque fingiendo. Ella se lame las muñecas y los antebrazos. Me vigila con recelo. Se incorpora de pronto, de un golpe de omóplatos, y se pasea en círculos alrededor de mí. Quisiera aprovechar sus movimientos para hacerle una foto o escribir unas líneas, cualquier cosa que me vuelva útil en esta escena. Enseguida se aburre de asediarme y da unos cuantos pasos en dirección al borde. Se me va de la página. Es inquieta.

No hay nada más espléndido que las manchas color albaricoque de su cuello, que se estira y se pliega cuando atisba los flancos. Hace tiempo que la estudio y, de momento, lo único que he conseguido averiguar es que duerme por la tarde, se pierde por las noches y se asoma de este lado sólo al mediodía, cuando el sol le acentúa las franjas del lomo y enciende sus pupilas piedra pómez. Desde el día en que la encontré, distraída, clavándose un colmillo en el labio con delicadeza, no he dejado de imaginar la cacería. ¿quién cazaría a ¿Quién? Desde luego su boca promete el vértigo, la sangre, el rito de la muerte ágil. Mi arma es esta pluma: suficiente al menos, para sucumbir con dignidad. Ese temblor del costado, de las rayas de su vientre al respirar, me salpica la vista, me obsesiona. Su dulce rugir de pequeña catarata me persigue cuando sueño. Al despertar, en cambio, sueño con perseguirlo.

Ella tiene demasiado olfato como para dejarse sorprender en una página. Haría falta una novela, quizá varias, para poder albergar la esperanza de que bajase la guardia por un instante, en mitad de algún párrafo. Pero para hacer eso necesitaría estudiarla durante años. Al fin y al cabo, todo consiste en engañar al tigre.

El hambre, algunas veces, la obliga a acercarse con encantador disimulo y relamerse. Si todavía no me ha atacado es porque, de momento, le agrada esto que escribo, o al menos le hace gracia a su coquetería. Por mi parte, estoy dispuesto al sacrificio: la supervivencia es tan mediocre... Sé bien que le importo poco, que para ella soy, básicamente, un curioso trozo de carne. Aunque también sé que, si transcurre un par de días sin que nos veamos, ella busca cualquier pretexto par regresar y rondar mi cuento. Incluso a veces me hace el honor y decide afilarse las uñas delante de mis ojos, frotándolas contra un árbol con una lentitud exquisita. Otras veces he notado cómo se demoraba al marcharse, mientras dibujaba hipnóticas ondas con su cola manchada. Y aún más. Estoy seguro de que en su guarida de fiera inconmovible, en las noches de luna clara, se siente sola. Y de que a veces, también, hace un esfuerzo y me recuerda.

7 comentarios:

Balcius dijo...

Es fabuloso. Un poco en sentido literal, y mucho en sentido figurado.

Sabes ya que los felinos habitan bien, intermitentemente, sueños, papeles, vidas y otras junglas, y todos deseamos sin decirlo las uñas en la espalda.

princesadehojalata dijo...

"Al fin y al cabo todo consiste en engañar al tigre. La supervivencia es tan mediocre."

Neuman lo dice todo. Lo dice todo.

Zârck. dijo...

Gracias por pasearte por mi Jardín, incluso en estos momentos que está inerte. Un halago que hayas añadido un enlace en tu blog.

Saludos y vuelve cuando gustes, yo pienso retornar por aquí.

Gatito viejo dijo...

Un cuento fabuloso. Saludos

El detective amaestrado dijo...

Ay Dios mío, cuantas cosas en común...Hasta Neumann...Que gratificante encontrar un blog así, lo digo de veras...

princesadehojalata dijo...

Bienvenido y gracias, detective.

Anónimo dijo...

Best regards from NY! »